CUENTOS TAN CORTOS
© José Manuel Fernández Argüelles
Si me cedes un latido de tu prisa
te contaré
cuentos tan cortos como suspiros,
como el inicio de un gesto,
como la insinuación de una sonrisa,
como el primer instante de un sueño.
Sé que no tienes tiempo.
Te engañas y me mientes,
y yo finjo creer la ausencia de tus latidos.
Aún así, déjame que insista.
Seré breve.
Breve como las palabras no pronunciadas,
como las miradas de entendimiento entre dos cómplices,
como la caricia de ánimo
o el beso en la mejilla.
Breve como los cuentos que caben en una mano
o los que desaparecen en la segunda hoja.
Quiero arrebatarte el tiempo de un parpadeo
y el segundo en el que se desvía la mirada.
Quiero prenderte en mi palabra,
que te abandones a mi voz durante el breve desliz
que provoca el asombro.
Busco prisioneros fugaces
para mis hojas de viento efímero.
Pretendo robar eso que no tienes:
un poco de tu tiempo.
A cambio, te engañaré con pocas palabras,
sólo las imprescindibles,
aquellas que necesitabas leer
y para las que no podías perder ni el segundo de un parpadeo.
Ahora sí es cierto que no los tienes,
ni el latido ni tus ojos;
te he engañado
y me he quedado con ellos.
El “Don Juan”
La besó muchas veces esperando una respuesta que no logró. Después usó cientos de palabras, ya hermosas, ya desgarradas, invocando un amor sublime, mas nada consiguió tampoco. Por fin, la miró con enorme ternura, pero ella continuó ignorando todas sus artes. Derrotado, el conquistador se marchó triste. Y cuando ya había comenzado a olvidarla, pero aún la frustración le dolía, descubrió que lo verdaderamente amado en ella había sido su silencio, y eso fue obtenido. Dio así por bien empleada la aventura y la olvidó del todo.
Mirada
Levantó su copa hasta la altura de los ojos y miró a través de la parte del vidrio que no contenía el vino rojo. Vio deformados, grotescamente, al resto de los comensales, que también le observaban serios y expectantes. Todos menos uno. Ella miraba en otra dirección y sonreía.
Solo
Despertó notando una ansiedad extrema que le obligaba a un respirar entrecortado. Buscó a su lado en la cama, y el hueco frío de lo que debería haber sido Rosa, su compañera, le llevó al desasosiego y el grito.
-¡Rosa!
Hacia abajo
La abrazó desde atrás por la cintura, y ella no opuso resistencia, más al contrario, cogió las manos del hombre y empujó de ellas hacia abajo.
Tiempo
Miró a su mujer como si fuese la primera vez que la veía. Tras una duda momentánea, le pregunto: "¿Eres tú quien ha cambiado o he sido yo?
Cazador
Agarró con sus dos manos la pesada piedra; sostenerla requería tal esfuerzo que no serviría para arrojarla muy lejos, aún así la mantuvo en alto a la espera de la bestia. Cuando el animal llegó, lo que supuso mayor esfuerzo fue ignorar el dolor de sus ojos.
Ilusión
Gritó su nombre, pero ella no se volvió, siguió su camino, aunque otros viandantes sí giraron la cabeza sorprendidos por la exclamación. Entonces él corrió hasta alcanzarla; cuando llegó a su altura intentó asirla por un brazo, pero su mano no topó más que con un aire cálido, no sujetó más que el vacío, atravesó limpiamente la aparente figura que vagaba por la calle.
Indiferencia
Ella le dijo: "Mírame, por favor". El siguió acostado y fumando con los párpados caídos. Cuando la puerta se cerró tras la mujer, abrió los ojos y expulsó lentamente, con indiferente suavidad, el humo de sus pulmones.
Mal día
El camarero le sirvió con desdén. El señor que estaba a su lado lo miró de reojo sin ocultar un gesto de malestar. Antes, al entrar, un niño le había dado una débil patada. Este hombre triste tomaba su amargo café en el mostrador de una cafetería rodeado por un mundo hostil.
Soñando, quizás
Se hallaba perdido, y preguntó al primero con el que se cruzó. La respuesta le hizo sabedor de encontrarse en una ciudad a la cual no recordaba haber llegado nunca, por lo que supuso el suceso como soñado y no le dio mayor importancia.
Caderas
Él la miró intensamente en silencio. Creyó que eso sería suficiente. Cuando ella se fue, sola y con paso lento, el hombre adivinó una insinuación en el movimiento de sus caderas.
El soldado
El soldado, en la batalla, cayó herido sobre la hierba ya húmeda de tanta sangre. Caído, y sin poder levantarse, pensó por qué y por quién perdía la vida, y en ello no halló justificación a su muerte. Por eso, cuando lo fueron a rematar, oyeron que gritaba: "¿Qué hago yo aquí?"
Libro
Leía un libro comprado al azar. Hacia la mitad de la lectura descubrió su nombre y la descripción de un personaje exactamente igual a él mismo.
Tiempo comprado
Ella se alisó la falda con las manos, a continuación ajustó la blusa, metiendo la parte inferior por el interior de la otra prenda, después se atusó el cabello y, aunque no encontró de su gusto el resultado final tras los mínimos arreglos, salió a la calle apresuradamente. Dentro quedó él contando el dinero pactado.
Desamor
Le dijo que no podía imaginar cuánto le amaba. Se lo repitió de nuevo, pero esta vez llorando. Por fin, guardó un dolorido silencio. Él la miraba distante, con gesto de extrañeza. Después, contestó muy despacio que, en efecto, era incapaz de imaginarlo.
En el autobús
Se sentó junto a ella en el abarrotado autobús. Sus muslos se tocaron sin premeditación alguna. Cada movimiento del cuerpo era un roce que provocaba el cosquilleo grato. No le hizo falta mirarla para percibir su inclinación inquieta e insinuante.
Reposo
Los mil gestos producidos dentro de una larga convivencia explican, en silencio, mudas palabras de amor. Y es que el cuerpo, en su movimiento torpe, pesado y soso, continuamente dice lo que le pasa y siente. Por eso, a veces, cuando acostados apoyo mi brazo en tu cadera, en cansado gesto, no busco el inicio del juego de la pasión, sino que procuro el reposo de mi derrota en tu cuerpo tranquilo y ajeno de conflictos.
Parecido
Quitó de su dedo el anillo que lo identificaba como hombre casado. Buscó en la festiva reunión a alguna mujer de su agrado que pareciese sola y dispuesta a compartir unas horas de engaño. Finalmente, eligió a una con el vago parecido a su esposa.
Recuerdo
La miró como si fuese una desconocida. Ella insistió en que eran antiguos amigos, pero él, en cambio, persistía en no reconocerla. Cuando la mujer se iba, un destello en el cerebro del hombre le impulsó a llamarla por su nombre.
Psiquiátrico
Se había perdido en los interminables pasillos de un hospital psiquiátrico. Tenía miedo de preguntar por la salida, no fuesen a confundirlo con alguien que pretendía fugarse; por eso, cuando se encontró frente a una enfermera, dijo: "¡Ya estoy curado, ahora sí es cierto que estoy curado!".
Sentidos
Tengo para ti el tacto húmedo del recorrido que una lágrima deja sobre la piel. Te he guardado el casi inaudible sonido que provoca el roce de los labios. Mi regalo será el sabor indefinible del sudor que emana de la piel en contacto con tu boca. Te daré también la imagen de una sonrisa feliz que te engañe un poco. Finalmente, el olor humano de mi cuerpo te hablará de mi existencia.
Ventana
La mujer se detuvo frente al portal número 6, alzó su mirada hacia el ventanal del primer piso y comenzó a llamarlo por su nombre. Se asomaron varios vecinos y, por fin, esa hueco del primer piso se abrió y asomó por ella una joven. La mujer que voceaba en la calle siguió llamándole impertérrita.
Dinero
Le habían echado del trabajo y caminaba despacio hacia su casa. No tenía ganas de llegar y se detuvo en el banco de un parque. Vio a mujeres que guardaban o sacaban dinero de los bolsos colgados, vio a hombres que agarraban su dinero de carteras antes retenidas en los bolsillos, incluso descubrió a niños con dinero en las manos buscando una tienda de caramelos. Pensó que estaba rodeado de dinero por todas partes.
Reencuentro
Creyó reconocer a una antigua amante al otro lado de la transitada calle. Mientras esperaba el permiso verde del semáforo, ella se perdió entre el gentío. Él corrió hacía el lugar donde la había entrevisto y desde allí volvió a reconocer su figura unos metros más lejos. Cuando quiso llamarla, se percató de que había olvidado su nombre. Entonces pensó que era inútil el reencuentro.
La risa
Había decidido morirse, pero una risa lo había salvado. Estaba intentando, con denodados esfuerzos, encaramarse a lo alto del viaducto de los suicidas, cuando oyó, tras de sí, la voz infantil, que decía: "¡Mira el hombre ese en postura tan tonta!". Y después las risas. También la suya.
Sonidos
Los suspiros y gemidos sonaban acompasados, rítmicos, a través de la pared; taladraban el espacio como un canto contenido a duras penas que sorteaba con limpieza la barrera de ladrillos, cemento y pintura con los cuales construyen tabiques y fronteras. Juan deseó que aquel sonido, cada vez mayor en su intensidad, no se detuviera nunca.
Víctimas
El día había llegado a su fin, y el grupo de armados cazadores, en torno a un improvisado fuego, contaba las piezas abatidas. Eran múltiples codornices. Cientos de esas aves estaban muertas y alineadas en filas sobre el suelo a la luz de la hoguera. Uno de los cazadores, alzando su rifle, ahora descargado, dijo: "¡Es tan fácil como, en otras partes, matar hombres!".
Sorprendido
Perdí mis pocas monedas en el trayecto de casa a la parada del autobús. Sucedió cuando las busqué en el bolsillo del pantalón y descubrí su ausencia. Asustado, quise cubrirme con la chaqueta, pero esta tampoco la tenía encima. Entonces pretendí quitarme la corbata, pues nada me desagrada más que llevar esa prenda sin chaqueta, pero tampoco tenía corbata. Inmediatamente, sospechando lo peor, miré hacia mi pecho y me asombré por la ausencia de la camisa. Así me hallé, en medio de la calle, a la altura de la parada del autobús, inesperadamente desnudo.
Poemas de amor
El tonto del pueblo gritaba poemas de amor a inventadas damas que se imaginaba en los balcones de algunas casas.
Un día
Me preguntas si es largo un día, y yo te digo que es interminable, no tiene fin predecible, no hay medida que lo abarque. Todas las mariposas de la noche lo saben.
Mecánico
Extendió la mano y dudó una fracción de segundo; la máquina, en cambio, cumplió su ciclo programado y se la cercenó limpiamente.
Extravío
Perdió la memoria de repente, y se extravió en el camino hacia su casa. Anduvo desorientado, asustado y confundido por muchas calles, ahora ajenas y desconocidas. Finalmente se encontró frente a la puerta de una casa. Dudó mucho, pero al final llamó al timbre con la esperanza de que fuese la suya. Abrió una mujer, quien, tras un momento de silencio y con expresión de asombro, dijo:
-¡Habías dicho que nunca regresarías!
Lo único cierto
Dios no existe, tampoco son ciertos los planetas. Nos ha engañado la teología y nos miente la ciencia del universo.
Solo es cierto nuestro amor humano en medio de un mundo de apariencias.
Asco
-¡Bésame! -ordenó él con fiereza.
Ella mantuvo sus labios fríos apretados, pero no apartó la cara y dejó que él consumara el beso. A continuación, el hombre, exigió que entreabriera la boca.
-¡Y ahora bésame de verdad!
Ella, con no disimulado esfuerzo y asco, hizo lo que él le pedía, pero esta vez cerró lo ojos y pensó que estaba en otro lugar, lejos, muy lejos de allí.
Memoria
Perdí la memoria en medio de la multitud que salía de un gran edificio, para mí ahora desconocido. Me sentí indefenso, y el miedo hizo que mi razón fuese confusa y alocada, quizá por eso la primera ocurrencia fue preguntar a los desconocidos transeúntes si me conocían. El resultado de la encuesta fue negativo, por supuesto, así me encaminé al gran edificio, suponiendo que provenía de él. En cuanto atravesé su puerta de entrada la memoria volvió a mí. Sentí entonces verdadero pánico y desconcierto. ¿Al salir padecería otra vez la amnesia? Y si era así, ¿sabría volver a entrar en el edificio para recuperar los recuerdos?
Música
Cambió una sola nota de la partitura. Nunca logró saber si fue un fallo o un acto inconsciente. Cambió una nota musical y todo el conjunto de la orquesta sonó distinto. Por ello fue vilipendiado, regañado y finalmente expulsado, pero él estaba convencido de que la composición musical había sonado mejor con su nota cambiada.
Huida
La vio en la distancia, pero no la reconoció; aún así corrió en dirección contraria sin saber por qué lo hacía. "Debo de estar loco", pensó. Cuando, agotado, detuvo su huida, miró hacia atrás con aprensión, y vio, aún más cerca que antes, a la pálida figura enlutada que extendía su huesuda mano hacia él.
La casa a lo lejos
Miró hacía la lejanía, y en el horizonte vio, envuelta en bruma, la forma dudosa de lo que quizá fuera una casa. Siguió el camino a paso rápido hasta que el cansancio le hizo aminorar su ímpetu. Tomó un leve respiro al borde del sendero, y en ese tiempo fue alcanzado por otro viandante, que preguntó:
-¿Sabe quien vive en aquella casa divisada en la lejanía?
-Vive quien espera a uno sólo de nosotros dos -contestó.
Y sacó su daga, sabiendo que el otro iba a hacer lo mismo.
El calendario
Miró hacia el calendario clavado en la pared, los números parecían bailar. Extendió su mano y puso la palma sobre la hoja del mes de Abril; así notó el movimiento, como de hormigas que hacían cosquillas en su piel. Cuando levantó la mano, los números de los días le miraban sonrientes, y seguían burlones y saltarines. Él sólo deseaba saber cuánto tiempo faltaba para la noche, pero los traviesos días no querían decírselo.
La moneda perdida
Perdí una hermosa y pequeña moneda de oro, o quizá no fue así. Lo cierto es que el colgante donde estaba prendida la pieza dorada desapareció de la hebilla de mi pantalón. Su valor no era escaso, pero me dolía más la pérdida, si es que fue eso, por el significado familiar que poseía. Recuerdo vivamente cuando mi difunto abuelo me la regaló:
-Esta moneda estará contigo hasta el día que yo vuelva para recogerla.
Si me dejas
-Moriré si me dejas -dijo ella.
El hombre sonrió y la besó, al tiempo que se apartaba un poco, dando por concluido el acto que habían realizado hasta ese instante. Pero no había acabado él de separar del todo su cuerpo, cuando la oyó decir:
-¡No! Te dije que me muero si me dejas.
Higiene
A veces ella me lava el cabello. Pide que me doble con el torso desnudo sobre el baño y acerque la cabeza al agua caída desde la ducha. Ella me moja el pelo, después lo enjabona y lo frota entre risas. Yo cierro los ojos con placer, y cuando digo que me duele la espalda a causa de la incómoda postura, ella me da leves tirones de la melena mientras exclama que falta poco para terminar. Finalmente, aclara el pelo jabonoso con agua tibia y fricciones enérgicas con su mano; enseguida se abraza a mí mientras me incorporo y estiro mi dolorida espalda.
Entierro
Llovía sobre los asistentes al entierro, y la lluvia densa creaba tal atmósfera de recogimiento y soledad absoluta, que parecía aislar en un momento eterno a los allí reunidos.
Descendió el ataúd a la tierra, y pronto todos los deudos del muerto comenzaron a dispersarse en silencio; pero en el suelo, justo donde, en pie, habían estado los tristes familiares, quedó impresa su huella en el blando suelo mojado.
Cuando llegó la noche, la reciente fosa cerrada y el cementerio en soledad, la lluvia cesó y la luna dejó ver las huellas en derredor a la tumba. Entonces, como espectros sobre el invertido bajorrelieve de esas pisadas, se vio a los que allí habían penado esa tarde, de pie, translúcidos y rodeando al sepultado, para espanto de las habituales almas del lugar.
Otra vez
La mujer perdió la conciencia durante unos segundos, que a él se le hicieron eternos. Cuando ella volvió en sí, él, aún asustado, preguntó:
-Creí que te morías.
Ella contestó:
-Mátame de igual forma otra vez.
Encerrado
Con frenética impaciencia empujó el picaporte, pero no logró abrir la puerta de la habitación cerrada. Golpeó, ya fuera de sí, la dura madera maciza, y por fin, del otro lado, alguien dijo:
-Nadie puede abrirte. Todos estamos atrapados. Tú ahí y nosotros del otro lado.
Amanece
La noche se tornó rojiza en uno de sus extremos, avisando el amanecer. Los ojos del insomne se concentraron con desesperación en aquel anuncio de esplendor, y agradeció el fin del frío y la huida de la oscuridad. Íntimamente se alegró del nuevo día, pues, aunque la soledad no tendría tan fácil solución como la luz, al menos se irían todos los fantasmas de la ilusoria compañía.
Enfermedad
Le anunciaron una enfermedad terrible y dolorosa. El remedio científico estaba descartado y la muerte próxima era segura. El paciente miró al médico, pero sólo halló un gesto de impotencia; aun así tuvo fuerzas para preguntar:
-¿Puedo escoger una muerte indolora?
El doctor no comprometió una respuesta, y mantuvo un triste y fracasado silencio. Entonces insistió el enfermo:
-¿Usted, en mi caso, qué haría?
-Yo -respondió el doctor- jamás habría intentado averiguar.
Caída
Caí de bruces y al incorporarme estaba en otro lugar, otra ciudad, otro paisaje.
¿Desconocida?
Al verla, incluso sin conocer la visión, supe de inmediato que aquella joven sentía pasión por la pintura en la que predominase el amarillo, asimismo adiviné o intuí que amaba los girasoles, que sentía predilección por los atardeceres sombríos de cielo encapotado y que su día preferido de la semana era el lunes en verano y el viernes en invierno. Igualmente presentí, con notable claridad, su gusto por la sopa todas las noches, sorbiéndola cuando estaba sola, y que se despertaba invariablemente hecha un ovillo, también cuando el amanecer la atrapaba sin compañía. Fue así de sencillo y de sorprendente, quizá milagroso. Fue verla por primera vez y saber de ella tanto como si llevásemos una vida juntos.
El grito
No vio nada al frente. A sus espaldas se extendía, igualmente, el vacío, así como a los costados. Ya que la soledad era absoluta, el grito fue sordo, ahogado, completamente inútil.
El amigo
Prendí con rapidez los billetes que estaban sobre la mesa de juego y escapé. El ambiente, tan cargado, de la habitación me había obligado a respirar con dificultad toda la noche y me causaba un picor continuo en la garganta, por eso en la calle nocturna y fresca noté el alivio balsámico del aire gélido. Antes de correr hasta el vehículo me entretuve disfrutando con el soplo limpio que entraba en mis pulmones. Ese fue el error. Dos sombras salieron de ninguna parte y cayeron sobre mí con la rapidez de lo inesperado, me golpearon, y desde el suelo, inmóvil, noté cómo hurgaban en mis bolsillos y arramblaban con mi cartera. Entonces cometí el segundo error. Intenté incorporarme y quedé frente al rostro de uno de los asaltantes. Sus rasgos, de sobra conocidos, me hicieron pronunciar con rabia su nombre.
-¡Te ha reconocido! -dijo el otro atracador.
-Será lo último que recuerde -comentó fríamente mi amigo.
Casa segura
Construyó una casa segura. La hizo de piedra y hierro. En las ventanas puso gruesos barrotes y, en la puerta, cerraduras dobles junto a cadenas. Alrededor de la casa levantó un muro de piedra rematado con puntiagudas lanzas más alambre de púas. La puerta que abría el muro era de enormes barras férreas, entrelazadas. Desde fuera parecía inexpugnable aquella fortaleza. Dentro de ella el hombre se sintió completamente seguro en su soledad.
Años después, cuentan que el habitante de aquel lugar dejaba las puertas abiertas, que había roto las rejas de las ventanas, doblado las lanzas del muro y desprendido el alambre de púas. Dicen que a menudo se le oía gritar, llamando a los que por allí pasaban, invitándolos a entrar.
Algún día
"Algún día serás más hermosa que yo", mintió la madre, mientras, con la mano que no acariciaba el cabello de la niña, sostenía aquel cuerpo que jamás atinaría a enderezarse.
Luz de luna
Sería a causa de la luz lunar, que todo lo distancia y vuelve irreal, pero al ver la figura alada posada aquella noche en la cornisa de la ventana, la primera ocurrencia fue que un ángel venía a mí. Un poco más tarde, ya calmado y procurando mirar con atención, me di cuenta de que el difuso brillo lunar sólo iluminaba mi alma que huía.
Dormir y soñar
El día amaneció dubitativo. La luz incipiente y escasa no se animaba a despuntar y la atmósfera surgía densa y apagada. El mundo no terminaba por despertar. Las nubes embadurnaban un cielo no adivinado y la noche estiraba más sus horas de incertidumbre. Fue por todas estas causas que, cuando me asomé al balcón, no consideré que el universo me fuese propicio para iniciar la jornada. Regresé al lecho lentamente, acomodé mi cuerpo en la postura más pacífica y cerré los ojos a la espera de amaneceres más halagüeños.
El otro o yo
Fue todo muy rápido. Ocurrió en un vértigo, como cuando nos giramos y de pronto vemos fugazmente a quien se abalanza contra nosotros. Ahora tal parece un sueño o la luz grabada en el ojo del rayo que nos deslumbró. Sucedió en plena calle, cuando caminaba con otros amigos. Paseábamos y conversábamos distendidamente, entonces uno dijo que más allá estaba ocurriendo algo extraño. Se refería a unos metros más adelante, donde un hombre y una mujer parecían abrazarse, pero él le clavaba a ella un puñal en el costado al tiempo que la mujer se sujetaba con fuerza a su cuello. Mientras mis compañeros se paraban y atónitos, yo corrí movido por un impulso que todavía ahora no puedo explicar, y al llegar a la altura de la pareja e intentar separarlos, me encontré yo mismo empuñando la daga con una mano y con la otra apretando contra mí el cuerpo de la mujer, que a su vez me rodeaba el cuello con sus brazos. Solos ella y yo, nadie más; el otro no estaba, como si nunca hubiese existido.
Perdido
No tardó en desorientarse durante el recorrido inseguro por la ciudad de insospechadas e inverosímiles calles. La dirección apuntada en un papel no era útil en medio de un idioma no comprendido. Cuando acabó por detenerse a descansar en el banco de un florido parque, se percató de que a su lado, en el suelo, estaba mirándole un mendigo. Probó, sin esperanza, a preguntarle, y para su sorpresa el otro le contestó, en un idioma reconocible, que las calles son las que le encuentran a uno; sólo habría de permanecer allí sentado el tiempo suficiente.
Altar
Sobre el altar primigenio de roca al que elevo a tu amor, deposito la ofrenda de carne, piel y sueños.
En lo alto, una estrella fugaz detiene su tránsito durante un breve destello y escucha mi canto nocturno.
En mi derredor cunde la vegetación más espesa, se prolonga de manera interminable el bosque denso y, en el claro que enmarca este altar de piedra, mis plegarias se expanden por el contorno y a lo alto.
Ya el camino que he seguido hasta ti se ha borrado, cubierto de nuevo por esas zarzas y otros extraños vegetales que todo lo circundan y parecen moverse en un ritmo temporal ajeno al conocido.
Limpio el altar con ahínco, pues la nueva ofrenda espera. Froto, me esmero en la limpieza como signo de devoción.
La luz lunar provoca el frío que la brisa nocturna transporta, y mi cuerpo desnudo tiembla cuando se tiende sobre la piedra plana del ara.
Me ofrezco.
Soy cuerpo a la espera de quien invoco.
Amor rudo
Me dijo que se iba, me abandonaba. Lo di por bueno, aceptándolo con tristeza, y no contesté. Oculté un íntimo dolor, aunque ella debió percibirlo, pues desvié un momento mis ojos de los suyos; yo, que siempre la miraba de frente. Como persistí en el mutismo, ella se sintió obligada a explicar su huida. Así dijo que se había cansado de mis escasas palabras, carentes de expresiones bellas; de mis silencios cuando sus oídos necesitaban declaraciones de amor, y también de mis gestos bruscos y un tanto rudos al hacerle el amor. Se había dañado por la fuerza de mis arrebatos al amar; en fin, que no obtenía de mí la delicadeza de un sentimiento sensible y suave; no era suficiente con el éxtasis violento, si no que anhelaba la ternura quieta aun a costa de disminuir el placer. Pues bien, así sea, pensé, pero seguí guardando silencio. Y ella, que deseaba oír de mí alguna queja, una palabra de daño, algún ruego, cierta frase de dolido amor despechado, seguía sin irse, explicándomelo todo una y otra vez. Que si la abrazaba con gestos bruscos, la acariciaba oprimiendo sus pechos y sus muslos con rudeza, que mis besos en su cuerpo dejaban marcas rojas y duraderas, y también movía y giraba su cuerpo rodándolo sobre el mío en un frenético baile de acoplamientos violentos. En fin, pedía una delicadeza, una lentitud y suavidad de la que yo carecía. Ella necesitaba de bellas palabras donde se contase mi amor a su belleza. Yo seguía callado. Por fin, tras decirme que no era suficiente con mi silencio para mostrar mi dolor y que necesitaba escapar de mi rudeza en busca de bellos gestos y hermosas palabras, se fue casi a la carrera. Se fue, en efecto, y la puerta, al cerrarse tras su marcha, sonó como un disparo a mi pecho, pero no corrí tras ella, aunque la adiviné esperando al otro lado de la puerta, pues no escuché, sino hasta algo después, sus pasos descendiendo por la escalera.
Ha pasado el tiempo. No mucho, sólo unas semanas. Yo la mantengo en el deseo sin saber decírselo: la voz se niega. Me duele su lejanía, pero no sé buscarla con abrazos o flores para decirle palabras de esas que le agradan. Sólo sé quedarme quieto, esperando su cansancio de afeminados cantores y poetas, y que añore las cálidas noches de esfuerzos sudorosos donde la cama nos quedaba pequeña. Pero decírselo de esta manera sería empeorar las cosas, supongo.
Los años del amor
Ha pasado el tiempo y mis ojos ya no son los mismos, pero tú sí. He visto cómo la ciudad crecía y algunas costumbres cambiaban. En torno a mí surgían novedades que poco a poco me convertían en rincón de ignorancia. El entorno amable y natural que siempre acogió mi oculta inseguridad fue desprotegiéndome, y quedé en el desamparo ante paisajes y modas que ya no son las de antes, pero tú sí, tú permaneces igual que entonces, como cuando aquel tiempo, el de ayer.
He visto cómo amigos y antiguas amantes perdían la sonrisa lozana, la inocencia del gesto desmedido y alegre, el sueño lejano de la mirada ida en el último confín. Mis amigos y mis novias de entonces son ahora serios viandantes que me saludan desde la otra acera con gesto rápido y sin detenerse, pero tú no, tú aún caminas a mi paso y en tu gesto todavía surge la sonrisa y el ademán despreocupado del feliz inocente.
También he visto cómo mi cuerpo se resiente por el frío o el calor, por el esfuerzo o la torsión, cuando antes, hace poco, tal vez ayer, corría desnudo entre la escarcha helada del amanecer o frotaba mis músculos sudorosos contra otros cuerpos ardientes, retorciendo las articulaciones en busca de placeres cada vez más lejanos. Todo ya parece perdido y reducido a movimientos apagados y leves, menos tú, que aún juegas con tu cuerpo junto al mío y giras, te contorsionas y te enalteces en la desnudez de cualquier amanecer.
Veo, día a día, las ansias de mi ardor dilatarse en una espera sin prisas, sin la urgencia que antes rompía las normas y la ropa, y ahora se sienta y espera con la paciencia de quien ya no busca, de quien ya conoce y ha perdido el asombro y el desespero y la rabia y la angustia y el placer del arrebato; pero tú no, tú todavía gimes y gritas, me desgarras y me empujas, me buscas con la necesidad de la urgencia y la impaciencia de quien descubre cada vez un sueño y un placer.
No te siento envejecer, amada; al contrario, tiras de mí con fuerza para retenerme junto con tu tiempo detenido en la alegre inconsciencia del asombro, en la fuerza inmensa de la pasión, en el descubrimiento continuo del cuerpo, de los sueños, del frío o del calor, de la ciudad perdida, de todo lo que nos rodea y que por ti es nuevo y siempre acogedor.
Beso frío
He besado la rosa oscura de tu boca con su rictus de amargo desengaño. He sentido tu frío atravesarme dientes y lengua, y llegar hasta la garganta y penetrar más adentro, donde asientan su peso los órganos internos, las tripas y los conductos del misterioso maquinar que empuja la vida.
Tu aliento gélido pasó, en el beso, a mi interior, y lo sentí como el filo de una fina daga que desgarra por dentro. Noté cortar los engranajes aquellos de la vida. Por eso, cuando nos separamos, enfrentados aún tras el abrazo, no pude hablar. Tampoco pronuncié palabra alguna cuando el silencio acompañó tu despedida.
Quizá creíste que yo también había dejado de amar.
Cuerpo
Solo el cuerpo humano es cierto, porque es tangible, mensurable, desprende olor, crece, se deteriora, se reconstruye –a veces-, sufre y se puede amar.
Tu cuerpo es real porque cede al ser presionado por la fuerza de mi ansia, y gira o se contonea, según los designios de la lujuria compartida.
Tu cuerpo es el calor sujeto a mis manos durante el abrazo, y en ese instante comprendo que es la materia sobre la que están hechas todas las cosas verdaderas.
Tu cuerpo es la única verdad reconocida, y no me importa su debilidad ante el tiempo, los golpes y los virus; no me desalienta su falta de eternidad, pues lo efímero es el bien más escaso y más preciado. El tránsito breve de tu cuerpo por mi vida la hace intensa y la justifica.
El espíritu no se toca ni se mide, no varia su forma y no sufre, porque el espíritu es el sueño del cuerpo amado cuando este se ausenta. Cuando tu cuerpo se aleja de mí, entonces el deseo lo sueña y lo inventa, miente su presencia; así el espíritu es la mentira y el engaño necesario.
Tu cuerpo es lo único real en un universo de apariencias.
Amor de loco
Te amo y te seguiré amando por encima del tiempo y de tu propio amor. Serás mi obsesión cotidiana aún más allá de lo que puedas soportar.
Te querré tanto como a mí mismo y mucho más de lo que tú te puedas querer. Serás mi sueño continuamente idealizado hasta el punto de no distinguir realidad y fantasía.
Te veré como la culminación de todos mis tabúes quebrantados, y en tu cuerpo realizaré el sacrificio de mi inteligencia, supeditada siempre a la ilusión grandiosa que de tu imagen he formado. No te podrás reconocer en esa imagen que de ti poseo, porque tu fantasía jamás alcanzó cimas tan elevadas.
Serás mi dueña mientras aceptes cumplir todos mis más asombrosos deseos. Serás mi esclava para no provocar mi furibunda ira si no obedeces el más caprichoso de mis designios. Yo para ti seré el animal en perpetuo celo, que te lame con mimo hasta el extremo del asco y la repugnancia, y aún así no detendré las caricias.
Seré por ti el perpetuo sexo encendido que buscará cada gemido tuyo hasta conseguir el último, y todavía seguiré porfiando por más. Te obligaré a los actos más ruines y salvajes por deseo de mi placer, y querré que tu grites con igual frenesí. Querré oír tu grito prolongado cuando la maravilla nos alcance y entonces sentiré el deseo irreprimible de morder tu cuello y tu hombro y tu mejilla y tu pecho. Y con premura, aún la respiración entrecortada y el cuerpo dolorido, querré comenzar de nuevo.
Finalmente, exigiré tu muerte de placer cuando no soporte más tanta dicha.
Diálogo de vida y muerte
-¿Qué temes más que a la muerte?
-La vejez.
-¿Y más que a la vejez?
-La enfermedad.
-¿Entonces, quisieras ser siempre joven y sano?
-¡Sí! ¿Cuánto me costaría?... ¿mi alma, quizá?
-¡Eso no existe! Y si existiese ha de ser muy barato... abundaría tanto. ¿No conoces el libre mercado?, ¿la oferta y la demanda?
-Pues bien, entonces... ¿qué me costaría?
-Preguntas el precio de ser siempre joven y sano...
-No te hagas el distraído, ni el falso tonto.
-Y tú no te apresures. El tiempo, aunque limitado, no es tan escaso que no podamos divagar un poco.
-¡Vamos al grano!
-Pues bien, hablemos de precios.
-¡Vamos, pues!
-Por cada año que retrases tu vejez, me deberás una vida ajena.
-Por cada año... ¿una vida de otra persona?... ¿he de asesinar a...?
-Sí, y no pienso discutir eso.
-¡En fin...!
-Por cada tres enfermedades graves que no padezcas... una vida ajena.
-¡Por cada cinco!
-Por cada cuatro, y no regatearé más, ¿de acuerdo?
-¡En fin...!
-Por cada vida que dejes de entregarme, según este contrato, padecerás enfermedades y envejecerás un poco.
-¡Ya sé, ya sé!
-Mientras cumplas lo estipulado...
-¡Que ya lo sé!
-Entonces, no hay más que hablar.
-Tengo una duda... ¿qué diré cuando me pregunten, intrigados por mi sorprendente salud y longevidad?
-Diles que eres un hombre santo. Diles que como tal, tu cuerpo y tu espíritu, imbuidos de bondad y amor al prójimo, no padecen los avatares de los virus ni el paso del tiempo. Diles que has pactado con ese sueño que ellos tienen de Dios... No les hables de mí.
Donde la noche acaba
Donde la noche acaba se inicia tu mirada de cielo abierto y surge el reencuentro, siempre sorprendente, de sol y vida.
Ensenada de aguas tranquilas, ajena de tormentas y plena de luz, tu camino corto, sendero a la nada, es tránsito de fe en vacío que no daña.
Ausencia de sabiduría y también de lucha y ambición, carencia de destino concreto, ofreces el universo, que ni sabe, ni lucha, ni ambiciona, tampoco conoce su fin, pero es reposo y vida de todo lo que en él permanece.
Donde la noche acaba se inicia el descanso de mi amor en tu mirada.
Edad
¿Qué edad tengo?, preguntas. Te sacaré de dudas. Tengo la edad de cuando era virgen y buscaba la forma de ahorrar dinero para ir con una puta que me enseñase algo de lo mucho que imaginaba. Tengo la edad del asombro ante el hecho de que los pezones de una mujer se tornen duros de repente. Tengo la edad de cuando se está seguro de que en todas las partes del mundo viven, piensan y sufren o ríen como yo. Tengo la edad del egocentrismo altruista. Tengo la edad de mentir y que se descubra, y de la risa cómplice, entonces. Tengo esa edad buena en la que todo está a punto de suceder: el hoy es un segundo trémulo e inseguro, el pasado no ha existido y el mañana no es sólo todo lo que queda, sino lo que llena el pensamiento. Mi edad es la de quien sonríe sin saber por qué, pero se sabe feliz: sí, la del tonto, si quieres pensarlo así. Tengo la edad de cuando me enamoraba en cada esquina. En serio, disfruto la edad de los veranos que no se acaban y las fiestas a punto de empezar, de las palabras vacías y llenas de promesas, de las miradas con miedo inseguro y gesto altanero. Tengo esa edad que nunca termina y siempre ama.
Padre
Miré de soslayo a mi padre, reposando en el ataúd, y vi su gesto adusto, incluso en la muerte. Cuando niño, yo tenía en el entrecejo de mi padre la referencia del castigo, más o menos grande cuanto mayor su fruncimiento.
Una tarde de mi infantil miedo, él dormido, me acerqué a su cara para poder verla sin el gesto serio de siempre. Despertó de pronto y vi en sus ojos el susto e incluso el miedo. Yo sentí terror. Pero esa vez no me castigó. Creo que desde entonces no volvió a hacerlo. Y ahora, cuando me arrimo a su mortaja, veo en su rostro el mismo rictus de aquel atardecer mientras dormía. No sé porqué, pero si ahora despertase ya no me asustaría.
El encuentro
No he visto cómo mueren los hombres al ser desgarrados por las violencias. Jamás me he acercado al borde de la realidad tranquila que configura mi entendimiento. No he conocido el dolor en el túnel profundo que en la piel y la carne provoca el cuchillo ni sé cómo quema el hueco que la bala rompe. No he asistido al acto animal donde se aniquila a otro. Por supuesto, ese otro nunca he sido yo. Tampoco el de agresor ha sido mi papel jamás.
Nunca he padecido infortunio de violencia salvaje sobre mí. Ninguna parte de mi cuerpo ha sido rota ni dañada por golpes brutales y reiterados. No sé lo que es la locura del dolor interminable.
Soy el ser feliz que ve y lee lejanas noticias de dolientes humanos, tan distantes que parecen sacados de una película con final triste.
Soy el que un día, al amanecer, vio ante sí el cuerpo tendido de un hombre sobre la acera. Nadie transitaba. El día iniciaba su luz. Soy el que se apartó del bulto arrugado e inmóvil, en postura confusa y extremada en sus giros, como si sus articulaciones estuviesen dislocadas provocando dobleces inverosímiles en brazos y piernas.
Soy el que pensó en su prisa y su tiempo, en su cómoda rutina, en su segura distancia y lejanía. Soy el que, huyendo, se dijo que aquel encuentro debería de ocurrirle, un poco más tarde, a otro.
Gestos
Gírate, mueve tu cuerpo hacia mí con la inocencia fingida del acto casual. Y después ladea la cabeza y, con la mano, aparta hacia atrás el cabello en gesto que descubra tu cuello, como si el pelo te estorbase para hablarme, como si el giro de la cabeza y el vuelo de la melena fuese el movimiento de una danza espontánea. Después, mírame como si yo ocupase toda la capacidad que de ver tienes, llenándome en tus pupilas que se agradan y se fijan en mí con interés exclusivo. En un momento dado te pintarás la boca con lenta parsimonia y frotarás un labio contra otro, procurando que yo siga todo el proceso sin perder un detalle. A continuación, tendrás la necesidad de arreglarte el pliegue de tu falda mientras hablas distraídamente de cualquier cosa que ninguno de los dos va a recordar más tarde. Por fin, tropezará tu cuerpo con el mío en el movimiento impreciso de una leve torpeza.
¡Qué cantidad de palabras de amor puedes decirme en el idioma callado que tan bien conocemos!
Animal
Tengo en la punta del deseo la necesidad de la querencia que ansío. Quiero poseer el dulce manjar tras el velo oculto, y no reprime mi necesidad animal el apetecer primario que mi cuerpo pide.
No quiero ocultar mi apetecer por ti, mi tendencia hacia tu cuerpo, hacia la parte de tu cuerpo que más disimulas y más tienta mi natural instinto primario y animal, fuerte y sano, siempre obligado por nuestra común historia a su acercamiento a ti.
Pliegues
He dedicado mi tiempo al estudio de los pliegues íntimos de tu piel, y apenas ahora comienzo a conocerte. Recorro con el tacto las sinuosas venas de apariencia azul que se insinúan en el dorso de tu mano o en tu cuello, a veces, o en algunas partes de tus blancos senos; las oprimo, las beso, las sigo hasta perderlas porque se ocultan en las profundidades de la carne. También palpo, acaricio, aprieto la tersura de tu piel sobre las rodillas u otras articulaciones, y percibo la contundencia del hueso sobre el que resbala tu piel y mi mano. Y tanteo con la punta de la lengua y los dedos las pequeñas prominencias que las vértebras dejan en tu espalda, como un vaivén, como tropezones dulces en un pastel. Después rebusco entre la melena nacida en la nuca, tal que si contase cada pelo; los recorro desde su base hasta el extremo, los junto y separo en mechones, juego con ellos hasta escuchar el quejido oculto en una risa. ¡Tantas y tantas partes de ti distintas y maravillosas! Y es que me gusta descubrirte y asombrarme, y me enamora cada vez más todo lo que tu cuerpo de mujer es.
Tras tu muerte
Podría agarrar el infinito de los años que me quedan y, con la fuerza de la ira, romperlo en partículas contra tu lápida. Tengo sensación de muerte en los ojos negros de la vida rota, y quisiera verte renacer en la luz que inunda cualquier alborada. Quiero sentirte como ave lejana en un horizonte de sol iniciado y creer que el brillo del rocío sobre el musgo es el anuncio de la luz de tu presencia. Quiero que huyas del paisaje vacío de la tumba y moldear tu figura en el aire que me rodea; que estalles en sonrisas y navegues en palabras cantoras a la vida. Quiero que donde acaba el recuerdo de tu mirada comience la vida de nuevo. Deseo ese recuerdo salvador tus claridades, alejándolas del centro de la tierra y que evadas tu olor vivo al espacio donde ahora se halla el vacío de tu ausencia.
Mi amor sin sentido, irreal como la ausencia misma, se pierde entre sueños y recuerdos, mentiras y soledades tras tu muerte.
Viernes
Porque hoy es viernes, amanecerá diez minutos antes. El sol formará esa bruma alegre y luminosa en la mañana incipiente. Y es que, porque hoy es viernes, sabré de ti y de tu horario preciso, podré hallarte al conocer tu momento y el lugar exacto. Pero, antes, amanecerá con mi despertar ansioso, esperanzado en el encuentro; destellarán las primeras luces, descubridoras de las efímeras brumas, anunciando el resurgir de todo lo que tiene la capacidad de madrugar. Será así el inicio de un día, que es viernes, en el que sabré encontrarte. Te hallaré entrada la mañana, con la luz invasora de rincones inverosímiles, ya la bruma matutina aniquilada, incluso para el recuerdo. Te he de descubrir cuando el día brille en su mayor esplendor y tú lleves el vestido blanco, ese que recoge toda la luz y también todo el aire en el movimiento de los pliegues de tu falda. Así te he de ver, luminosa y etérea, caminando hacia mí en la hora precisa, en el lugar acordado, el día de hoy, viernes.
Aves de mal agüero
Como en un cuento infantil, sucedió que, en el día de mi nacimiento, tres pájaros sobrevolaron mi cuna. El vuelo de las tres aves sirvió para darme, entre graznidos, las previsiones que atarían mi destino.
De las tres aves sobre mí, una, la de color blanco, pero con un ala negra, clamó que mi vida sería triste y anodina, infeliz y sin amor: uno más entre los seres que recorren su existencia de forma tan simple que su historia se escribe en una página blanca.
De las tres aves, la segunda, la roja con un ala azul, cantó que mi vida sería intensa y agradable, feliz y llena de sorpresas, amores y maravillas: un ser extraordinario de vida sublime en cada minuto disfrutado a su paso por esta tierra de fantasías.
La tercer ave, azul toda ella y de ojos intensos y negros, esperó al silencio de las otras dos para graznar y decirme que cada palabra por mi dicha sería registrada en el Gran Libro, que cada gesto dibujado sería tenido en cuenta por alguien quien sólo aspiraba a ser mi Juez. Finalmente, ese tercer pájaro también me dio un consejo:
-¡Nunca te fíes de las aves que, esperando pacientemente, sobrevuelan tu cuerpo!
Cierto día
Cierto día vi nubes rojas en el confín del cielo donde el horizonte limita la vista. Los montes de formas redondeadas, bajos y verdes, enmarcaban la base del espectáculo con luz rojiza. Sobre ellos, y tras las nubes, el cielo enorme se extendía azul y luminoso. Entonces, de repente, al pronto, comencé a ver cada vez más... En un primer momento tan sólo aprecié que las nubes aumentaron la intensidad de su brillo, perdieron el rojo de su adorno y se fundieron en el azul; después, en seguida, los verdes montes se retiraron hacia el ocaso, dejando un enorme hueco abierto para el celeste espacio, el cual pronto lo fue abarcando todo. Y cuando, asustado, miré en derredor mío, puede comprobar que el aire del cielo llenaba el espacio hasta el límite de mi vista. Poco después, también me asombró la ausencia de la tierra bajo mis pies.
Fue aquel un día en el que mis ojos me hicieron el regalo de ver aquello para lo que no fueron creados.
¿Estoy vivo?
A veces sospecho que he perdido la vida, pero no puedo estar seguro. Si me preguntan, no sé decir con seguridad si estoy vivo o muerto. Se me dirá que si hablo (o escribo, da igual) no he muerto aún, pero no puedo afirmar que yo esté hablando o escribiendo. Si soy sincero, creo que sois vosotros, los que oís y leéis, quienes me dais vida, y por eso hablo o parece que hablo (o escribo, que es lo mismo). No quiero levantaos dolor de cabeza, no deseo que perdáis un minuto de vuestro valioso tiempo con mis dudas, pero como me escucháis, o leéis, me creo con derecho a seguir hablando y escribiendo.
Lo que está claro es que cuando todos decidáis dejar de escucharme y leerme sabré, por fin, si estoy muerto o no, pues mi pervivencia no dependerá de vosotros, sino sólo de mí, y si yo no existo sin vuestro pensamiento... pues será que estoy muerto. ¿Es todo esto muy complicado para alguno de mis oyentes y lectores? Bueno, para mí sí es difícil de asimilar, al fin y a cabo me va la vida en ello, así que no puedo tomarlo a la ligera y no me resulta fácil pensar con frialdad. ¿Lo comprendéis? Tampoco quiero ofender a nadie, pues pudiera ser que gracias a cada uno de vosotros yo siga con vida.
Tengo por cierto que mientras continúe hablando (escribiendo, es lo mismo) y alguien me escuche (me lea, es igual), yo seguiré con vida (al menos para quien me escuche o lea). Pero a pesar de que de momento parece indudable, pues al menos tú me lees o me oyes, no puedo evitar la corrosión de la duda sobre mi existencia. Es poco grato suponerse sólo vivo en vosotros y para vosotros...
¡Cuidado!, alguno sé que no me está comprendiendo, incluso me parece que se aburre y en cualquier momento dejará de prestarme atención; eso es algo que temo y deseo a un tiempo, pues significará morir un poco; quiero decir que si alguien abandona mi lectura y deja de oírme y, por tanto, yo desaparezco de su mente, entonces podré saber si existo fuera de vosotros.
¡Qué angustioso dilema! Por un lado temo la comprensión de mi muerte si todos ignoráis mi letra o mi voz, y, por otro, deseo saber si puedo prescindir de los lectores para seguir vivo.
Ten en cuenta, y esto te lo digo sólo a ti, que cuando no me leas (o escuches) y me olvides, para ti yo habré muerto y para mí mismo quizá también, si eras el único... pero eso nunca lo sabrás.
F I N
