Cuento corto de renovación ocasional
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------© José Manuel Fernández Argüelles
EL GRITO DE MI NOMBRE
A veces los niños se pierden. Pocas veces, pero ocurre que en ocasiones desaparecen entre una multitud que se entrecruza frenéticamente o en un bosque verde y oscuro o en una calle longitudinal e inmensa, poblada de coches y gentes. También pueden disiparse en el mar quieto y eterno, en un jardín donde nunca ocurrió nada o en el interior de una habitación que tenía una ventana abierta durante cierta tarde plácida hasta entonces. En todos esos lugares pueden perderse los niños.
Así es que he visto a madres gritando al vacío o a la incomprensión de los transeúntes, que es lo mismo. Las he visto llorar hasta que, ofuscadas, creyeron reconocer en un espejismo al hijo buscado. He visto a esas madres implorar a inocentes desconocidos que les devuelvan lo que era suyo, y las he oído orar a todos los dioses, tras renegar del primero por su mutismo; también las he sentido, esta vez sin verlas, recorrer las noches más frías entre silencios de luna amarga o acompañadas por el bramido prolongado de un viento que las empujaba hasta abatirlas. Y es que yo soy un niño perdido, y por tanto he visto pasar cerca de mí a muchas madres, aunque ninguna era la mía.
Ya no recuerdo cómo me perdí. Creo que fue una tarde tranquila, cerca de un bosque, mientras lo miraba a través de la ventana abierta de mi habitación pequeña y solitaria. Pudo ser así, pero no estoy seguro. Quizás fue junto al mar, tras saltar de la arena al manto de agua que se extendía hasta más allá de mi altura. O puede que fuese en las calles infinitas, donde todos me cercaban, ocultando incluso mi siguiente paso. Y si no fue así, ocurriría cuando estuve mirando el cielo nocturno, tumbado en la húmeda hierva de un jardín que ocultaba sus flores a la noche, cerradas estas para dormir, mientras yo, desvelado y alucinado, comenzaba a correr tras miríadas de estrellas en lo alto. El caso cierto es que me perdí, que fui a donde nada resultaba conocido, y mi única certeza, en medio de la mentira de verlo todo distinto, era que mi madre me estaba buscando. Por eso me fijaba tanto en las mujeres gritando el nombre de sus hijos. Pero ningún grito era mi nombre.
Cierto día, vagando entre madres que no me reconocían como su hijo perdido, me di cuenta de que ya no podía estar seguro sobre cuál de ellas era la mía, por tanto habría de confiar en su memoria para encontrarme. Mis recuerdos, asustados por el paso del tiempo, habían borrado todas las imágenes, incluida la sonrisa materna. Yo en nada podía ayudar a mi madre. Este pensamiento me avergonzó un poco, pero me disculpé aceptando el hecho de que era aún muy pequeño cuando me había perdido, así que bien difícil sería a estas alturas recordar el rostro de mi madre. Como única solución para facilitar la labor de ella, decidí mostrarme lo más posible en público. A partir de entonces recorro los parques entremezclándome con otros niños juguetones en la arena de los jardines. Así surjo inopinadamente, a veces desde el cielo y otras desde el interior de un árbol, y entonces les asusto un poco, pero enseguida me aceptan en sus juegos. Las madres de estos niños, como no buscan a nadie (tampoco a mí, claro), no me ven. Sólo en ocasiones, cuando por allí pasa alguna de las que grita buscando, ésta sí me observa, y clava sus ojos de insomne en mí y me escruta con la mirada y el deseo, pero comprende pronto que su búsqueda, y por tanto mi espera, no ha terminado, y se va con sus voces en pos de otro niño, invisible para todos menos para ella.
A veces los niños se pierden. Pocas veces, pero ocurre que en ocasiones desaparecen entre una multitud que se entrecruza frenéticamente o en un bosque verde y oscuro o en una calle longitudinal e inmensa, poblada de coches y gentes. También pueden disiparse en el mar quieto y eterno, en un jardín donde nunca ocurrió nada o en el interior de una habitación que tenía una ventana abierta durante cierta tarde plácida hasta entonces. En todos esos lugares pueden perderse los niños.
Así es que he visto a madres gritando al vacío o a la incomprensión de los transeúntes, que es lo mismo. Las he visto llorar hasta que, ofuscadas, creyeron reconocer en un espejismo al hijo buscado. He visto a esas madres implorar a inocentes desconocidos que les devuelvan lo que era suyo, y las he oído orar a todos los dioses, tras renegar del primero por su mutismo; también las he sentido, esta vez sin verlas, recorrer las noches más frías entre silencios de luna amarga o acompañadas por el bramido prolongado de un viento que las empujaba hasta abatirlas. Y es que yo soy un niño perdido, y por tanto he visto pasar cerca de mí a muchas madres, aunque ninguna era la mía.
Ya no recuerdo cómo me perdí. Creo que fue una tarde tranquila, cerca de un bosque, mientras lo miraba a través de la ventana abierta de mi habitación pequeña y solitaria. Pudo ser así, pero no estoy seguro. Quizás fue junto al mar, tras saltar de la arena al manto de agua que se extendía hasta más allá de mi altura. O puede que fuese en las calles infinitas, donde todos me cercaban, ocultando incluso mi siguiente paso. Y si no fue así, ocurriría cuando estuve mirando el cielo nocturno, tumbado en la húmeda hierva de un jardín que ocultaba sus flores a la noche, cerradas estas para dormir, mientras yo, desvelado y alucinado, comenzaba a correr tras miríadas de estrellas en lo alto. El caso cierto es que me perdí, que fui a donde nada resultaba conocido, y mi única certeza, en medio de la mentira de verlo todo distinto, era que mi madre me estaba buscando. Por eso me fijaba tanto en las mujeres gritando el nombre de sus hijos. Pero ningún grito era mi nombre.
Cierto día, vagando entre madres que no me reconocían como su hijo perdido, me di cuenta de que ya no podía estar seguro sobre cuál de ellas era la mía, por tanto habría de confiar en su memoria para encontrarme. Mis recuerdos, asustados por el paso del tiempo, habían borrado todas las imágenes, incluida la sonrisa materna. Yo en nada podía ayudar a mi madre. Este pensamiento me avergonzó un poco, pero me disculpé aceptando el hecho de que era aún muy pequeño cuando me había perdido, así que bien difícil sería a estas alturas recordar el rostro de mi madre. Como única solución para facilitar la labor de ella, decidí mostrarme lo más posible en público. A partir de entonces recorro los parques entremezclándome con otros niños juguetones en la arena de los jardines. Así surjo inopinadamente, a veces desde el cielo y otras desde el interior de un árbol, y entonces les asusto un poco, pero enseguida me aceptan en sus juegos. Las madres de estos niños, como no buscan a nadie (tampoco a mí, claro), no me ven. Sólo en ocasiones, cuando por allí pasa alguna de las que grita buscando, ésta sí me observa, y clava sus ojos de insomne en mí y me escruta con la mirada y el deseo, pero comprende pronto que su búsqueda, y por tanto mi espera, no ha terminado, y se va con sus voces en pos de otro niño, invisible para todos menos para ella.
FIN