Obras para el lector

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Bajo estas líneas, añado los enlaces a la copia de las obras. Antes de ello te recomiendo leer sus primeros párrafos por ver si son de tu interés.

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josemel@telefonica.net

LA IRA DEL HOMBRE TIBIO - en PDF

ENTRE ANIMALES - en PDF

LOS RESUCITADOS - en PDF





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NOVELA

 

 

LA IRA DEL HOMBRE TIBIO

 

 

 

 

de

 

© José Manuel Fernández Argüelles

 

 

 

 

 

 

 

Ojalá fueras frío o caliente;

mas porque eres tibio y no eres caliente ni frío,

estoy para vomitarte de mi boca.

 

(La Biblia, Apocalipsis 3:16)

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

 

          Las arañas de patas metálicas se incrustaron en lo más profundo de su cerebro y despertó como si almacenase una pulpa deforme dentro del cráneo. La masa parecía crecer e intentaba expandirse más allá de los límites óseos. Despejó un poco más la niebla del sueño y la realidad se hizo evidente. Lo primero que vio fue una botella de coñac mediada que reposaba sobre la mesa junto a una copa sucia y vacía. Cuando la memoria se quitó de encima todo el sopor que la atrofiaba, Sabas despertó por completo. Le dolía la espalda y el cuello. Dormir sentado, aunque sea en un sillón mullido y ancho, no procura más que tensiones inadecuadas a los músculos y al cerebro, pensó. Fue al incorporarse cuando notó el primer mareo y una arcada que contuvo, pero al pensar en Verónica inició una carrera al baño y expulsó los restos que flotaban en su estómago. Se desnudó con rabia y dolor, y la ducha fría logró que su mente comenzase a colocar las cosas en el sito habitual para el entendimiento. Minutos después, desnudo y mojado, hizo un viaje sin sentido al salón en el que había dormido. Dejó que sólo la luz del pasillo iluminase la estancia. El reloj de la pared avisaba de la hora temprana: las seis y media. Sabas recordó que las manecillas fluorescentes del chivato del tiempo habían gritado las tres de la madrugada cuando, adormilado y aún borracho, escuchó la entrada de Verónica con pasos cargados de sigilo hasta la habitación. Después, el alcohol tragado en la soledad de la espera le hizo caer en la inconsciencia de un sueño no deseado. Era una rememoración confusa de la noche pasada, como todas las que vienen envueltas en coñac, pero cierta y con el sabor mucho más amargo que el padecido ahora por el dañado estómago.

          Transcurría despacio Octubre, y la noche no tenía intención de sucumbir en un amanecer para el que aún faltaban casi dos horas. Sabas, desnudo, mojado y apoyando la frente en el cristal de la ventana, no veía la calle solitaria iluminada por los blancos faroles que procuraban una isla de luz a la pequeña urbanización de casitas adosadas. Sabas tenía los ojos en su interior, viviendo los recuerdos.

          La tarde anterior, cuando llegó a su casa, y tras guardar el viejo Fiat en la cochera, recibió la llamada de Verónica. Ya había notado la ausencia del otro coche, el de ella, por lo que esperaba el sonido de pitidos melodiosos que le requirió al teléfono para la oportuna explicación, que, en cualquier caso, ya suponía. Ella estaba en la ciudad, quizá se habían cruzado, le dijo. Su padre había regresado a casa tras la operación en el hospital y convalecía doliente en su propia cama. Se iba a quedar con él hasta tarde. No sabría decir la hora. Todo correcto. No, no hacía falta que él fuese también. ¿Para qué?

          Se encontró ridículo en la oscuridad del salón, la frente apaciguando la calentura en el cristal de la ventana, desnudo y con el frío de la  humedad entrando en su cuerpo debilitado por los efectos colaterales de la bebida.

          Fue hacia la habitación en la que dormía Verónica para vestirse en silencio, aunque era muy improbable que ella despertase, no sólo debido a la hora de su regreso, sino por disfrutar siempre de un sueño apacible y profundo. Sabas se alegró, sin intentar comprender su cobardía, por no tener que enfrentarse ahora con su mujer. Prefería dejar las preguntas para más tarde. Lo cierto es que esperaba que fuese ella quien diese las respuestas sin que las dudas hubiesen sido formuladas. Las verdaderas respuestas, pues cuando la noche anterior él había llamado sobre las once a sus suegros, Verónica hacía poco que se había ido.

          -Sin cenar -le informó su suegra-, pues dijo que lo haría contigo.

          -Y el viejo, ¿bien?

          -Mejor, gracias.

           Pero Verónica no llegaría hasta la madrugada.

          Sacó el coche a la calle y emprendió el corto viaje hacia su trabajo en la ciudad. Era demasiado temprano, pero no podía soportar el silencio de la vivienda ni el tranquilo dormir de su mujer. Dejó atrás las casitas adosadas que imitaban un pequeño pueblo perfecto y cuadriculado, como crecido de pronto en medio de los pastos, pero a sólo unos minutos del centro. Sea usted feliz en plena naturaleza y al lado de su ciudad; pero ellos no habían sido felices a pesar de la insistencia que aún mostraba el cartel publicitario en el límite de la urbanización.

          Sabas recordó que fue al poco tiempo del traslado a esta nueva residencia cuando comenzaron las ausencias de Verónica, aunque ninguna tan evidente como la de esa noche. Hasta entonces habían sido algunas tardes que él llegaba más temprano de lo habitual y ella, horas más tarde, hablaría de una amiga que la llamó, de una visita a la peluquería, de… Aunque lo peor eran los silencios dentro de la nueva casa, las noches que ella se acostaba más tarde que él, cuando ya le suponía dormido, los fingimientos de ella para no enterarse cuando rozaba su cadera bajo unas mantas que se convertían en fría y húmeda escarcha. Así era desde hacia unos meses. Y ahora, una noche fuera. Habría una razón sin duda. Verónica se la explicaría esta tarde cuando él volviese. Siempre se pueden explicar todas las cosas. También esta.

          Sabas no tardó más que unos minutos en ver el cielo nocturno del cercano horizonte pintado por las luces de la ciudad. Ese fulgor rosado quebrantaba la oscuridad difuminándose en ella y hacía presentir los edificios que en poco tiempo le absorberían. Al ser una hora temprana, no encontró el tráfico habitual de los coches que como el suyo se sumergían a diario en las calles que los llevarían a destinos muy poco variados. El trabajo amanecía para todos a la misma hora.

          Pasó frente al edificio en el que vivían sus suegros, y aunque no le hacía falta miró la hora enmarcada en el reloj del salpicadero. Poco más de quince minutos era lo que se tardaba en llegar de una verdad a una mentira. Deseó no pensar más en ello. Quería que la mañana pasara sobre él concentrado en su trabajo para, con el momentáneo olvido, ignorar el dolor de un matrimonio enquistado en los silencios, las dudas, el aburrimiento y, probablemente, las mentiras. Aunque no sólo su relación con Verónica era la que anunciaba la catástrofe, también su vida se había convertido en un paseo tranquilo pero desganado y plagado de dudas para las que no sabía tan siquiera hacerse las preguntas adecuadas. Sabas hizo un gesto de rabia al tiempo que frenaba con violencia ante un semáforo en rojo. No pensar más, esa era la solución inmediata. Al menos serviría como paliativo las próximas horas. La existencia también puede ser así: vivir por plazos de unas pocas horas.

        

     

 

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- NOVELA-


ENTRE ANIMALES




© José Manuel Fernández Argüelles









Si estás rodeado de animales,
la diferencia entre la vida y la muerte
es que seas tú el depredador.

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No permitas que tu hijo
aprenda a manejar los cuchillos
antes de enseñarle que sus manos
pueden acariciar.









PRIMERA PARTE
LA HUIDA



Dos días antes de que la muerte de Laura fuese noticia y de recibir la llamada telefónica de su olvidada familia, sucesos sin relación entre sí, Bernabé padecía el turno de noche con el mal humor del sueño trastocado.
Aún faltaban varias horas para el amanecer y alejarse de aquellos ancianos torpes y quejumbrosos, que le pedían el imposible de una alucinación o la molestia de algunas palabras, aparte de los cuidados normales del transporte y la limpieza. De todas formas, no era un mal trabajo acarrearlos a la cama, al baño, al comedor y, por fin, al ataúd; pero las noches se le hacían largas con sus horas detenidas en el vacío y el silencio, iluminadas por fluorescentes que derramaban su brillo blanco por pasillos solitarios, junto con el zumbido de alguna reactancia defectuosa. La medida del tiempo es contagiosa, y conviviendo con viejos los minutos dilatan su apariencia hasta la inmovilidad del hastío.
Pronto Bernabé decidió adormecerse en un sillón acortando así la percepción de las horas. Y es que pocas noches ocurría algo más que el ruido de dos o tres puertas: algún residente al que todavía le sostenían las piernas y buscaba el recuerdo del calor femenino entre las pieles arrugadas de ancianas que también gustaban de evocar sueños con ternuras.
El celador deseaba dormir un poco. En la madrugada, la elegante residencia de ancianos no producía más sobresaltos que los provocados por breves quejidos lejanos. Al igual que con las puertas, tampoco Bernabé prestaba atención a esos lamentos cortos. Sólo si se prolongaban acudía para ver si la muerte rondaba o era el mal sueño del dolor o nada más que el desvelo de alguien que no podía soñar. Un vaso de agua y la oportuna pastilla introducida en la boca de labios apergaminados remediaba la situación como el chasquido de unos dedos mágicos. Por la mañana se presentaría la doctora Tuñón, y con media sonrisa forzada diría que todo estaba bien o certificaría el inevitable fallecimiento, según los casos.
Por fin, Bernabé logró conciliar el sueño, leve e incómodo, sobre el sillón de uno de los pasillos, aunque su descanso no duró hasta el ansiado amanecer. Algo lo despertó, pero se quedó inmóvil sin lograr mover sus músculos en los primeros segundos, durante los que aún seguía viendo cuerpos despellejados de animales colgados y abiertos en canal. Pero como siempre sucedía, el recuerdo del sueño se difuminó con el tercer parpadeo y sólo dejó el malestar pasajero de un dolor incierto. Pronto volvió a la realidad que se toca, se huele y se acepta: la que no se olvida. Por fin fue consciente de que algo le había despertado. Se concentró en ese pensamiento e impulsó su corpachón fuera de la improvisada cama. En efecto, el pasillo traía sonidos de tacones desacompasados, incluso percibió la fragancia de un aroma que, sin saber por qué, le resultó añejo. En cambio, nada de apariencia táctil se vislumbraba en ese instante. “Una vieja loca”, se dijo Bernabé. Acertó. Una anciana dobló el recodo del pasillo azulejado y frío, que hacía de travesía a múltiples habitaciones, y mostró la presencia trasnochada de un cuerpo viejo, soñador del tiempo perdido. Apareció con sus zapatos de tacones anchos y un sombrerito apoyado en moño prieto; luciendo, sobre su pecho caído, el escote de un vestido floreado, de gasa y raso, cuya primavera se había marchitado en los años treinta.
Bernabé no se esforzó en llamarla. Anduvo con lentitud hasta la anciana y la tomó sin brusquedad por un brazo, después tiró de ella suavemente, para hacerla girar, y la condujo hasta su habitación. La mujer, con los ojos perdidos en algún lugar frente a ella, obedecía al celador con sumisión. Era un cordero siguiendo los impulsos de la soga que lo dirige. Una vez al lado de su cama, se dejó quitar el ajado vestido y miró cómo el hombre lo colocaba sobre una silla, después permitió con abandono que introdujese sus huesos en el camisón hasta entonces perdido en el suelo.
Bernabé levantó con cierta delicadeza aquella apariencia de cuerpo humano para acostarlo y salió de la habitación sin haber pronunciado una sola palabra. “Es como mi padre cuando llevaba a los corderos”, pensó, al cerrar la puerta tras de sí.
El celador desanduvo el trayecto hasta el sillón de antes y se arrellanó en él con gesto de hastío. Estiró las piernas y dejó caer la cabeza hacia atrás. Cerró los ojos, pero el sueño no vino para impedir el goteo molesto de sus pensamientos. Animales, eso eran todos. No sólo los ancianos que pagaban su espera de la muerte en las habitaciones contiguas, sino también el resto de los semejantes.
Bernabé entretuvo el paso de la noche dejándose llevar a disgusto por elucubraciones sobre los seres que compartían con él su tiempo. Le contrariaban esos pensamientos, pues cavilar sobre los demás resultaba molesto y comprender que él era diferente le inquietaba. Animales. No podía evitar que sus congéneres asemejasen bestias que transitaban a su lado, por lo común mansas, estúpidas las más, agresivas algunas. Por fortuna él sabía dominar a los animales, conocía sus costumbres, sus vulnerabilidades, los puntos exactos donde modificar su conducta. Lo había aprendido de su padre con los cerdos, los corderos, las vacas que finalmente colgarían despellejadas y abiertas en canal de un gancho en el techo. Eran previsibles, aceptaban el tirón de la soga sobre el cuello para encaminarse hacia donde los dirigían y mirar sin comprender los útiles definitivos del carnicero de turno. En este instante de su discurso interior, Bernabé llegó a los sentimientos ¿Se puede apreciar al cordero que te sigue sumiso mientras tiras de él con una cuerda y le acercas el cuchillo al cuello? No. Él, Bernabé, no reconocía ni amor ni odio hacia los humanos que en apariencia se le asemejaban. Convivía junto a ellos con la indolencia de quien permite a un perro pasar por su lado. También Laura, ¿a qué negarlo?; también ella era como todos. Laura le satisfacía el ansia intermitente del sexo, sin embargo para eso servía cualquiera. Ella, de momento, era la que por voluntad propia y gratis se prestaba para tales urgencias, y sólo para ellas la requería. ¿Engaño? Quizá no, nunca había preguntado si la amaba. Bernabé suponía que también la mujer disfrutaba de los encuentros impregnados de silencio y semen a los que él reducía su trato. De todas formas, no le importaban los sentimientos ni el placer con los que ella disculpase la frialdad del hombre que la cubría. Lo animales lo hacen así.

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LOS RESUCITADOS

© José Manuel Fernández Argüelles

Nadie puede perdonar, ni siquiera el Señor. Si a un hombre lo juzgaran por sus actos, no hay quien no fuera merecedor del infierno y del cielo.

(Jorge Luis Borges)

CAPITULO I

En un país de la América pobre se puede creer o dejar de creer en Dios y en el hombre igual que en cualquier otra parte del mundo, pero quizás aquí las circunstancias, siempre extremas, hacen de las pérdidas y los hallazgos en la fe sucesos más sobrecogedores.
Yo me hice cura por mi tío Zacarías, el tío rico con quien tuve la suerte de contar. Quizá rico no era, pero más dinero que el resto de mi familia sí tenía. Fue él quien me dijo una vez, siendo yo niño:
-Dieguito, ¿tú crees en un Dios?
-No lo sé, señor.
Era el único a quien llamaba "señor", quizá porque en aquel entonces sólo a él conocía con pistola y además me daba de comer de cuando en cuando.
-Dieguito -siguió preguntándome mi tío- ¿tienes hambre?
-Muchita, señor.
-¿Y si para comer te tienes que creer a Dios?
-¡Yo creo en Dios, tío! –grité cándido, esperando de esta forma aliviar la necesidad de mi vientre.
Así comenzó mi aprendizaje espurio en la fe cristiana. Poco después de esa conversación, mi tío me hizo ingresar en un seminario, donde comí lo suficiente y vestí bien y estuve protegido de tantos males que acechan a la gente pobre de mi país. Aprendí a vivir rodeado de comodidades jamás obtenidas de otra forma; en cambio no logré creer en Dios, a no ser de boca para afuera. Me hice ambicioso, pero rápido supe que un cura de familia pobre sería siempre un cura humilde. Y con mi tío, al pronto ya no pude contar, pues a su muerte, cuando yo aún era seminarista, su viuda e hijos se lo repartieron todo, dejando claro su renuencia a saber del resto de la familia. Pero mi ambición iba en aumento, y cuando me consagré como sacerdote entendí como única la posibilidad de adquirir poder y buena fortuna en el ejército, de cura castrense. No padecí mucha competencia, pues pocas son las vocaciones en tal sentido. En el obispado fue aceptada mi propuesta, y tras unos meses de estudio militar, me nombraron alférez en espera de destino.
De esa manera comienza esta locura; la que cambiaría mi vida y quizá (no puedo saberlo) la de otras personas por mi causa. La historia, que en un principio asemejó una aventura, después una curiosa intriga, y acabaría con el drama de la derrota impuesta, fue un vértigo de sucesos inesperados.

No hacía siquiera dos semanas de mi reciente graduación militar como cura alférez, cuando un aviso oficial me convocó al peor lugar imaginado: un cuartel carcelario en plena selva. Acepté el destino con mala resignación, y me consolé especulando el puesto como un primer peldaño; ya buscaría la huída de aquel agujero lo antes posible. En la carta donde oficialmente se comunicaba el día de mi ingreso, decía que habría de incorporarme el cinco de septiembre sin falta, pues en tal fecha se precisaba suministrar ayuda cristiana a cuatro condenados a la pena capital. Curiosamente, dos días después, en otro oficio de la comandancia donde se confirmaba lo dicho en la primera, pero con más detalles sobre el lugar donde presentarme y el transporte a usar, se insistía en la necesidad de un capellán para asistir espiritualmente a los reclusos condenados para el día cuatro (¡y no el cinco!). Esta contradicción me obligó a llamar por teléfono a un departamento de la comandancia militar de mi ciudad, donde, tras largas averiguaciones, me confirmaron la fecha del día cinco. Ciertamente, no di mayor importancia a la discordancia de datos entre la primera y la segunda misiva, pues ya estaba acostumbrado a los errores militares en materia de números. Lo que aún no imaginaba era el otro error aún por cometer, y la importancia de este en mi vida.