Cuento corto de renovación ocasional
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------© José Manuel Fernández Argüelles
LA VIDA MENTIROSA
Todo lo que voy a contar es mentira, aunque es importante matizar: lo incierto no es sólo la negación de lo concreto, sino, a veces, aquello no comprendido. Y esto genera en mí algunas dudas y una tenue esperanza. En cualquier caso, lo sucedido esta tarde ha de ser falso por su acontecer improbable, sino imposible. A pesar de lo dicho, algunas cosas debieron ser ciertas, pero no puedo discriminar cuales. Si todas fueron falsedad y engaño, entonces estoy muerto. Si, en cambio, lo acontecido fue lo que en verdad sucedió, entonces he alcanzado la felicidad.
Yo, y esto es cierto, iba paseando por la lujosa calle central, ornamento y orgullo de la ciudad. Como siempre desde que estoy solo y soy viejo, no tenía más que perder el tiempo en un infinito y tranquilo paseo. Miraba con resignación el cielo por si en un guiño me avisaba de la lluvia; observaba a los jóvenes presurosos y ciegos a todo lo diferente a su edad, y así los esquivaba un segundo antes del encontronazo; me detenía cerca de alguna joven junto a un semáforo que frenaba su marcha, y olía viejas primaveras. Todo eso fue cierto, porque era lo mismo de todos los días, y aquello tan repetido ha de ser verdad. Y de pronto, cuando alcé la vista desde un pedazo de papel atascado por el viento entre mis piernas, comenzó la maravilla.
Lo primero en pinzar mi atención fue el movimiento de las estatuas, adornos estratégicos a la entrada de un palacete; no es que bajasen de su pedestal, pero sí se percibía en ellas un temblor ligero, un vibrar tenue e imperceptible para un observador descuidado, mas no para mí, siempre orgulloso por ser un buen espectador de lo que me rodea. Me paré pasmado ante ellas durante lo que un obseso del reloj entendería por un tiempo excesivo. Transcurrido ese indeterminado espacio temporal, decidí irme de allí por ser yo el único espectador y, por tanto, suponerme inmerso en alguna alucinación. Mas no acabaron ahí las circunstancias extraordinarias, pues cuando llegué a la plaza donde desemboca la calle de las estatuas trémulas, me encontré con un improbable cervatillo bebiendo de la circular fuente que culmina la rotonda. Tan raro suceso, el cual sólo pareció asombrarme a mí, se vio de pronto magnificado cuando surgió el resto de la manada de ciervos acercándose también para abrevar en tal lugar. Si los demás viandantes se hubiesen detenido a contemplar con asombro aquella escena, yo me habría encontrado mucho más tranquilo, hasta me hubiese reído y exclamado cualquier tontería junto con el compañero de metro cuadrado de acera que me hubiese tocado en suerte. No fue así. Todos los viandantes pasaban raudos a mí lado como si el mundo y la rotonda, con su fuente a modo de abrevadero, fuesen igual de anodinos que ayer. Repetiré, una vez más: lo narrado ha de ser mentira, pues siendo el único en prestar atención a semejante acontecimiento, este no podía ser cierto. Por tanto, he de considerar que nada de lo visto sucedió, ni el movimiento de las estatuas ni la aparición del rebaño de ciervos. Pero no acaba aquí mi engaño, pues la mañana fue pródiga en falsedades. Poco después, ya lejos de la fuente y los animales, y distante de las estatuas con vida, me encontré en una calle donde todos los vehículos circulaban hacia atrás. ¡Todos! No algún pequeño utilitario maniobrando torpe, sino todos los coches y los autobuses y hasta las motos rodaban hacia atrás en perfecto orden y compenetración. Y nadie se extrañaba por ello. Las gentes seguían su caminar como si tal cosa. Sólo yo estaba parado en la acera asustado por el suceso. Si nadie más que yo se asombraba de la novedad, entonces estoy mintiendo, como es fácil suponer.
Cuando por fin llegué al portal que da acceso a mi vivienda, me di de bruces con otra falacia. Una más: ya no podía sorprenderme. ¡La puerta estaba tapiada! Sus hierros, maderas y cristales habían desaparecido, y en su lugar se encontraba un muro de ladrillos grotescamente colocados, apenas alineados y con el cemento sin alisar, derramándose burdamente sobre el conjunto enladrillado. Como parece lógico en semejante situación, al menos para mí, miré hacía arriba, al lugar donde habría de encontrarse mi tercer piso, que sí estaba, a Dios gracias; aunque, con el acceso impedido, de nada me servía. Fue al devolver la mirada al suelo cuando me topé con la que supuse la mayor de todas las mentiras afrontadas ese día, y que ahora me veo en la obligación de narrar, incluso a riesgo de ser tomado por un empedernido falaz. Ante mí, a la distancia de un abrazo, se hallaba, mirándome con esos ojos claros siempre anunciadores de bondad, mi perdida Ana.
- ¡Pero si estas muerta, Anita! - dije, conteniendo a duras apenas un vahído y manteniéndome por milagro en pie; y aún tuve fuerzas para añadir:
- Me dejaste en esta vida de solitario anciano hace años, cuando todo era normal y el mundo y sus cosas no me obligaban a mentir cada segundo.
Ella, mi Ana, plena como antes de la enfermedad, avanzó una mano hasta sujetar la mía, y con esa sonrisa dulce suya, muestra del contento que la embargaba siempre, me dijo, sin mover los labios, que todo estaba bien, que ahora, por fin, ya todo se encontraba a punto y nunca más nadie, ni nada, me volvería a engañar en su ausencia.
Desapareció la calle y el portal de mi edificio, se desvanecieron los coches con su improbable sentido circulatorio; supongo que la fuente y las estatuas también se desharían como polvo en el viento. Quedó el vacío, y no supe si aquel espacio sin nada era verdad o mentira, pero yo me fié de la mano de Ana, que permanecía conmigo, sujetándome. Si ella realmente estaba, quizá todo comenzase a ser verdad de nuevo.
FIN